Era casi un adolescente. Estudiaba en un cole limeño de curas en donde te obligaban a ir a misa todos los miércoles (día de miércoles, carajo!)...Los curas sospechaban que a esa edad nosotros, los escolares, pecábamos sin excepción. Nos obligaban a confesarnos por lo menos una vez cada dos semanas.
No había pecado. Sólo lo de siempre. Ustedes saben, las visitas de la novia de casi todos los escolares: La infiel Manuela.
Ya estaba en la fila del confesionario y algo debía decir al cura. No era elegante decir "Me corrí la paja, padre". Suena feo aún hoy por más que mi mente trate de ser libre de prejuicios.
- Ave María purísima - dijo el cura.
- Sin Pecado concebida - respondí.
- Dime, hijo mío, cuáles son tus pecados.
- Padre, he...he...(tenía que buscar una palabra elegante para eso)...he fornicado.
El cura asomó la cabeza fuera de su cubículo oscuro. Me miró de pies a cabeza y me mandó a rezar muchos avemarías y padresnuestros.
Me pareció injusto que otros novios de Manuela tuvieran sentencias muchísimo más benignas que la mía.
Mucho más tarde me enteré del error semántico...






